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El poder de la comunicación

2005, en el libro «El poder de la palabra», Páginas 23-26. Granada. Arial Ediciones.

© Enrique Martínez-Salanova Sánchez


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«La palabra es un poderoso soberano, que con un pequeñísimo y muy invisible cuerpo realiza empresas absolutamente divinas. En efecto, puede eliminar el temor, suprimir la tristeza, infundir alegría, aumentar la compasión.»

Gorgias, en Elogio de Helena.

 

 

Las especies vivas nos comunicamos de muy diferentes formas. Es la especie humana la que ha elaborado el más complejo e interesante sistema de intercambio de mensajes que existe. Nada es tan poderoso como el lenguaje, y su expresión más señera, la palabra, esa herramienta que usamos a diario para comunicarnos, puede ser tan útil o perjudicial como se le aplique.

Sin embargo, la palabra es solamente un modo más de los muchos que la humanidad tiene para expresarse.

La palabra llegó a la humanidad cuando el pensamiento, necesitó de formas más complejas y perfectas de transmisión y de manifestación entre las personas. El gesto, que siguió a la elaboración manual de objetos, quedó corto como elemento comunicativo y la evolución hizo que el cuerpo humano en toda su extensión se dispusiera a ejercer como medio comunicativo. La palabra es pues, un gesto más que se hizo sonido. Por eso se complementa la palabra hablada como la no pronunciada, la que se emite por gestos, por signos, con trazos en la pared o en papel, por medio de dibujos o emitiendo silbidos a través de la montañas. La palabra se hace tacto para los ciegos, banderas para los marinos y sonidos en el campo. La palabra cobra múltiples representaciones y formas, según en qué lugar, época o estilo se encuentre.

 

Cambios vertiginosos en el vehículo de la cultura

El lenguaje se transforma, y transforma, constantemente en nuestras sociedades, ofreciendo a la especie humana abundantes recursos para sus investigaciones y para el intercambio cultural, haciendo evolucionar tanto los sistemas sociales, de interrelación, como los educativos y políticos. La visión actual del mundo y de la especie humana pugna con los propios valores, poniendo en solfa los conocimientos que se van acrecentando acerca de la propia realidad humana y de su incierto futuro. Los diferentes lenguajes son a la vez vehículo de cultura y producto cultural, por lo que se genera una dialéctica intrínseca a la sociedad, a la que la sociedad no puede ser ajena.

Los valores simbólicos del lenguaje llevan a la comprensión de los elementos menos tangibles de los cuerpos de costumbres. Los nuevos valores provocan inéditos planteamientos que la ética va considerando. Los ideales que guían la conducta y regulan los símbolos, las leyes, las convenciones y los sistemas comunicativos, se nutren de recientes descubrimientos mientras revelan la solidez y al mismo tiempo, dialécticamente, el cambio de algunas de las raíces más profundas de la cultura misma. Si el lenguaje es el ‘índice de la cultura’ para los antiguos antropólogos, bien es verdad que son los simbolismos los que nos autorizan a considerar el lenguaje como ‘vehículo de costumbres’, en su sentido más amplio.

La palabra oímos constantemente hasta el punto de que le restamos la importancia que tiene, pero la humanidad hace uso de ella y de su riqueza desde los albores. Se vio coloreada con ocres y carbones grasos en recónditas cuevas, esculpida en pictogramas, textos y bajorrelieves, pintada al fresco salones y necrópolis, en todos los idiomas conocidos y en la infinidad de estilos artísticos, ornamentando libros sacros y textos libidinosos, templos y harenes.

Cambia la palabra y la amplitud de su importancia cuando cambia el medio, grabada en piedra o cantada en rezos, salmodiada, hecha lírica y prosa, trovada, acompañada de música, impresa, escrita en libros y periódicos, en revistas y radios, multiplicada hasta el infinito por Internet, empobrecida en mensajes digitales, enriquecida otra vez por las vanguardias literarias, el cine y la fantasía tecnológica.

Mediatizada por la tele, que crea lenguaje, lo homogeneiza y lo transforma, hace familiar lo mal dicho y lo peor gesticulado, el dialogo malsonante, los modos vulgares y procaces, mientras sigue expresada desde púlpitos y ágoras, desde lugares civiles y de culto,

 Durante los últimos años se ha producido un cambio vertiginoso en el lenguaje, producido sin duda por la inmediatez de los medios tecnológicos. Se hablan idiomas, se entremezclan signos, símbolos y sonidos, nos entendemos mediante códigos comunes a todos los idiomas, mientras que en el mundo de la tecnología digital se perfila un idioma común en el que predominan los iconos, el inglés adaptado a cada lugar y los movimientos y sonidos de una era globalizada. Esta realidad nos proporciona percepciones diversas a las de las generaciones anteriores y nos obliga a pensar que las generaciones que vienen poseerán expresiones y modos de actuar ante el lenguaje muy distintas a las nuestras. Debemos aceptar esta realidad con el fin de que el sistema lingüístico siga siendo un cúmulo de procesos abiertos a los cambios culturales y tecnológicos que harán posible la supervivencia de la especie humana.

Si retrocedemos nada más que un tiempo relativamente corto en nuestra historia, nos encontramos que, si bien nuestra cultura ha conocido la escritura durante muchos siglos, los cambios no siempre fueron tan rápidos como los que vemos en los últimos diez años.

Tradicionalmente procedemos como si, en su velocidad, la evolución cultural fuera a la par de la biológica. Las decisiones sobre aspectos éticos las tomamos mirando hacia atrás, nunca hacia delante, cuando ya se habla de ética del “mínimo común”, seguimos dando por sentado que la moral está tan anquilosada como pretendemos que lo esté el lenguaje.

 

¿Una imagen vale más que mil palabras? 

Una imagen vale más que mil palabras, dice el aforismo, o una palabra vale más que mil imágenes, podemos asegurar a veces. El fondo está en el pensamiento, en la reflexión serena expresada de mil formas, ya sean imágenes, palabras o gestos. Con mil palabras se puede explicar una imagen, con mil imágenes se pueden explicar millones de palabras. El mundo de los medios de comunicación

«Cuatro personas habíamos visto lo mismo, pero lo habíamos interpretado de manera distinta. O sea, que no habíamos visto lo mismo. Cada uno de nosotros puso en funcionamiento un esquema sentimental diferente» (Marina). Si esas cuatro personas trabajan juntas sobre sus diferentes apreciaciones, posiblemente estén más cerca de conseguir la realidad que si permanecen en su concepción individual. El lenguaje aunará esfuerzos, la palabra servirá de nexo de unión entre las diversas interpretaciones, logrando que la realidad sea consensuada, solidaria, interpretada en común, comunicada. Lo que muchos vemos e interpretamos de diferentes formas podemos ajustarlo, acordarlo, mirarlo juntos en mediante palabras, en comunicación.

 

Las palabras se las lleva el viento, lo escrito, escrito está.

La palabra es cosa de dos cuando se da en diálogo, pasa a ser cosa de tres, cuando se convierte en medio comunicativo quien piensa, quien habla quien interpreta.

La narración mosaico, producto de la era digital, engendra un acercamiento ficticio entre lo que se percibe y la realidad. Vemos, oímos, sentimos, realidades que no están cercanas ni en el tiempo ni en el espacio. Este fenómeno, presente ya en los medios electrónicos, se agudiza en la era digital. Podemos percibir mensajes sin distancia de tiempo, en directo, pero a miles de kilómetros –o años luz- de distancia en el espacio. Esta situación nos crea ambivalencia, esquizofrenia, desorientación, y en la mayoría de las ocasiones, indiferencia. Somos capaces de atender varios mensajes a la vez, nos convertimos en adictos de la lectura rápida de la misma manera de que de la comida rápida. Como afirmaba Woody Allen «Tomé un curso de lectura rápida y fui capaz de leerme Guerra y paz en veinte minutos. Creo que decía algo de Rusia». Perdemos así la filosofía y la reflexión de las palabras y de la ideas. Hacemos zapping no solamente para ver la televisión; lo hacemos también para leer y para oír a otras personas; conectamos y desconectamos constantemente nuestro pensamiento, nuestra conversación, nuestra vida.

La solidaridad, el respeto, sentir lo que sienten los otros, decidir posiciones ideológicas, son productos elaborados del pensamiento y de la voluntad, que dependen cada día más de la percepción-mosaico que provocan los medios de comunicación. Dicho de otra manera: las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación tienen una gran responsabilidad en la educación selectiva de los valores. ¿Seremos capaces de educar para convertir la percepción múltiple en un pensamiento reflexivo, integrado, comunicador?.

 La palabra ha sido durante toda la historia censurada, interpretada, malinterpretada, hecha demagogia, vehículo del engaño, el sofisma y la mentira. La palabra con mayúsculas no existe. Sí existen personas que la usan con honestidad y verdad. La palabra es vehículo de la comunicación y no tiene valor en sí misma, sino en quien la dice, en quien la escucha, en quien la lee o en quien la interpreta.

La palabra puede enmascarar la verdad. El aspecto negativo de la expresión, no hables que te comprometes. «A palabras necias oídos sordos», «Oveja que bala bocado que pierde» «En boca cerrada no entran moscas». Son refranes españoles que expresan la importancia de lo que se dice.

La palabra es canción, la canción del pueblo, recordando los versos de León Felipe.

Franco, tuya es la hacienda,

la casa,

el caballo,

y la pistola.

Mía es la voz antigua de la tierra.

Tu te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo...

Más yo te dejo mudo... ¡mudo!

y ¿cómo vas a recoger el trigo

y a alimentar el fuego

si yo me llevo la canción?

© Enrique Martínez-Salanova Sánchez

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