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La didáctica para el adulto

© Enrique Martínez-Salanova Sánchez

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Bases psicopedagógicas de una didáctica para adultos Los mecanismos intelectuales del adulto El adulto está siempre en situación de aprendizaje
 

Bases psicopedagógicas de una didáctica para adultos


 Todo aprendizaje no mecánico del hombre, es algo que se sedimenta en la memoria.  Sin embargo, aprender no significa solamente retener lo aprendido en la memoria, sino ante todo, aumentar continuamente la propia capacidad de usar de tal manera las experiencias vividas y los conocimientos adquiridos, que surja de allí un comportamiento más perfecto, más humano, y en el sentido de un mayor autodominio de la propia conducta y del mundo. Aprender es, pues, modificar perfectamente la propia conducta, según lo aprendido. De tal modo, lo aprendido se convierte, en las personas en una especie de sistema centralizador, a partir del cual comienzan a cambiar los demás aspectos de la personalidad.  Por ello, según sea lo que el hombre «aprenda», tal será su conducta en el mundo.

Cambiar horizontes hacia actos reflexivos

Esto nos recuerda una vez más la plasticidad propia de la naturaleza humana, que capacita al hombre a cambiar sus horizontes al cambiar sus posibilidades de rendimiento, a partir de las nuevas experiencias y vivencias que realiza. Es por lo que la educación del adulto no puede considerar al adulto como alguien que posee una personalidad deformada, sino que su tarea se desenvuelve en el marco normal de una personalidad que puede cambiar de rumbo en cualquier momento y edad.

La razón de esta posibilidad concedida a la educación del adulto, debemos buscarla en el hecho de que la capacidad operativa de la persona adulta se fundamenta en sus actos reflexivos. El acto de reflexión, sin embargo, no requiere una experiencia inmediata para ponerse en movimiento. Pero cuando el hombre aprende, es la reflexión la que constata el grado de concordancia o de discrepancia entre el plan de acción propuesto y el éxito o fracaso conseguido. Por esto, para aprender algo, el hombre debe plantearse previamente con entera claridad la meta a que desea llegar, para después poder comprobar si la ha logrado o no, y en qué medida. De tal constatación surgirá el aprendizaje humano propiamente dicho, que permitirá al sujeto conocerse mejor a sí mismo y enunciar más objetivamente sus metas posteriores de conducta.

Los alumnos que acceden a prepararse como futuros formadores, son además cada uno de ellos profesionales en su propia disciplina, lo que les facilita aún más una motivación que trasciende la mera necesidad de una acreditación de sus conocimientos.

Capacidad para la autodidaxia

De esta manera, el adulto adquiere no sólo las experiencias de sus actos, sino que además va asimilando vivencialmente las leyes del aprendizaje humano, que se hallan a la base de su comportamiento. Es así cómo las personas, a medida que pasan los años, se vuelven cada vez más capaces de aprender y por lo tanto de cambiar sus conductas.

La edad adulta, pues, lejos de ser una edad en la cual la persona debe ser considerada como un ser deficitario, es una edad en la que el hombre y la mujer se encuentran en la plenitud de sus posibilidades de aprender, no por mera repetición o imitación como ocurre en el niño y también en los animales superiores, sino de una manera plenamente humana, o sea, por medio de un aprendizaje reflexivo, que les permite aprender, en la escuela de la vida, experiencias personales. Por ello, la educación del adulto consistirá sencillamente en llamar su atención a fin de que comience a reflexionar sobre sus actividades, trabajos y posibilidades.

Experiencias reflexivas

Aprender, se dice, significa hacer experiencias. Sin embargo, para que una experiencia logre modificar la conducta del sujeto, a partir del contenido de lo aprendido, dicha experiencia debe ser asumida en un acto de reflexión. Porque solamente así la experiencia anterior le podrá servir de trampolín para una nueva conquista, que contribuya al perfeccionamiento de su ser. Educar al adulto, sea quien fuere, significará, pues, ayudarle a comportarse conscientemente en el mundo en que vive, de modo que todas sus experiencias las asuma con la responsabilidad de quien sabe lo que quiere y lo que hace.

 

Los mecanismos intelectuales del adulto


El método para el estudio de la inteligencia podemos dividirlo, según el planteamiento clásico, en dos modalidades, equivalentes a la introspección y a la labor experimental.

En el método de la introspección se parte de la acción y el efecto de observarse uno a sí mismo, para descubrir las modalidades y las leyes que rigen la actividad de la propia inteligencia.  Para algunos psicólogos y ante todo para los clásicos, es el único método posible para el estudio de esta facultad humana. En el método experimental o de la extrospección se trata de observar exteriormente el comportamiento inteligente del hombre, para deducir de allí las modalidades y las leyes de dicho comportamiento.  Así, sobre la base de tests, es posible constatar los procedimientos que sigue para resolver un problema, la velocidad con que actúa, la atención del sujeto, la seguridad, etc.

Estos métodos, sin embargo, no se contraponen necesariamente, como bien lo anota Binet cuando dice que «la introspección es indispensable para la experimentación», y ésta a su vez enriquece la primera. En la práctica escolar, se procede, empero, con demasiada pragmaticidad, en cuanto se intenta medir sobre todo el rendimiento efectivo de los alumnos. Es cierto que tales rendimientos pueden demostrarnos las disposiciones intelectuales del alumno, en sus distintas direcciones y grados. Es importante reconocer, por otra parte, que la inteligencia nunca actúa sola, en el rendimiento de una persona, de manera que nunca se le puede separar de los demás componentes dinámicos de la personalidad. Porque tan importantes como el factor intelectual, son, en el comportamiento concreto de un sujeto, la fuerza de la motivación que le impulsa a usar su inteligencia, sus actitudes básicas, sus intereses y sus aptitudes congénitas. Por ello, preguntarse por el talento o la capacidad intelectual de un sujeto, equivale a preguntarse por la estructuración global de su personalidad, en relación con su disposición general al rendimiento.

El desarrollo de la inteligencia Su «fijación» y posterior deterioro

El desarrollo de la inteligencia: Hasta 1920 se admitía que el desarrollo de la inteligencia alcanzaba su grado máximo en una edad situada entre los 15 y los 18 años.  A partir de esa edad, se decía, la inteligencia permanece estable durante toda la edad adulta, hasta el comienzo de la senilidad propiamente dicha.

En 1920, se publicaron los resultados de una serie de estudios realizados sobre los adultos, seleccionados para la formación del ejército de U.S.A. Se notó que el nivel máximo de desarrollo intelectual se daba a los 20 años, y luego decrecía, primeramente en forma lenta, y a partir de los 40 años en forma más pronunciada, hasta arribar a la senilidad.

Posteriormente se continuaron realizando estudios en el mismo sentido, y las investigaciones de Wechslez, realizadas sobre mil personas de 16 a 68 años, permitieron reconocer que el nivel medio de inteligencia alcanza su máximo desarrollo entre los 18 y los 24 años, para decrecer progresivamente a partir de los 60 años. Se descubrió que, cuanto más elevado es el nivel inicial de la inteligencia del sujeto, tanto más precoz y rápido es su desarrollo, como asimismo que, cuanto más temprana es la edad en que el desarrollo de la inteligencia alcanzó su máximo, grado, tanto más rápido es su descenso.

El desarrollo de la inteligencia continúa hasta una edad que oscila entre los 20 y 30 años; para empezar a decrecer desde entonces, de un modo lento y con gran diversidad según los individuos.

Como se puede notar, los estudios sobre el desarrollo de la inteligencia no han dicho aún la última palabra, y ello ante todo si se tiene en cuenta que los mismos se realizan a partir de tests, hacia cuya construcción es justo guardar, por lo menos, una relativa desconfianza científica.

¿Existe el deterioro de la inteligencia?

¿Cómo explicar el hecho de que la inteligencia humana arribe a un determinado punto de desarrollo y se quede allí como estancada, y ante todo cómo explicar su lento pero irreversible deterioro, a medida que pasan los años? Por ahora no se tiene una respuesta conclusiva.  Puede ser que dicho estancamiento, por ejemplo, se deba al desinterés del adulto por el tipo de tests aplicados para medir su desarrollo intelectual. Puede ocurrir que se trate, simplemente, de variación de la velocidad de las operaciones intelectuales, lo cual no desmerecería el crecimiento de su capacidad. Pero puede ser también que la inteligencia deje de crecer, a causa del desuso que hacen de ella muchos adultos, al no esforzarse por elaborar nuevos conceptos, juicios y raciocinios.

Cattel, por su parte, cree individuar en el desarrollo intelectual del adulto, dos criterios que determinan su fijación y deterioro. Según él, la inteligencia posee las aptitudes de fluidez y de cristalización. La aptitud de fluidez de la inteligencia está dada por la capacidad general del sujeto de discriminar y percibir las relaciones existentes entre los varios elementos, a partir del final de la adolescencia. Desde entonces comienza a actuar la aptitud «cristalizadora» de la inteligencia, consistente en la formación de hábitos mentales discriminatorios, por lo cual ciertas operaciones mentales son preferidas a otras. Esto ocurre sin que se dé en el sujeto una percepción sin la comprensión consciente del mismo

Por todo esto el término «deterioro» de la inteligencia puede prestarse a una falsa interpretación, porque parece indicar necesariamente un real déficit de la inteligencia del adulto, frente a la del miro o del adolescente. Posiblemente, sin embargo, no se trate de una decadencia del poder intelectual del adulto, sino más bien de una transformación cualitativa de la misma, por lo cual pueda disminuir su «fluidez» en ciertos sectores, mientras que en otros se ve reforzada. Así sabemos que es propio del pensamiento del adulto establecer una mayor objetividad en sus contenidos. Según esto la inteligencia comienza a funcionar «adultamente», cuando el sujeto es capaz de desprenderse de lo subjetivo y de los sentimientos, para pasar a considerar las cosas en sí, independientemente de los «deseos» del sujeto.

Las personas adultas están en aprendizaje continuo

El estudio del aprendizaje humano, para que dé sus frutos en función de un mejoramiento del comportamiento del que aprende, implica una serie de etapas que deben ser dilucidadas previamente, con el objeto de poseer un punto de partida científico, capaz de servir de base para la elaboración de una metodología coherente con la personalidad del que aprende.

Diagnóstico de la personalidad del que aprende

Cada alumno adulto, posee su propia modalidad de aprendizaje. Pero lo que conviene recalcar es la necesidad de que se realice, al ingresar el alumno adulto en un centro educativo, un diagnóstico, lo más completo posible, de su situación cultural y nocional. La enseñanza de adultos debe partir necesariamente del acervo de cultura y de conocimientos que traiga consigo cada uno de los alumnos. De ello dependerá después, no sólo la graduación del contenido, sino también la metodología que deberá ser empleada.

Especificar los cambios que deben producirse en quien aprende:

El proceso de aprendizaje tiene como objetivo conducir al sujeto, desde un estado que se supone de incipiente maduración, por lo menos en algún sector de referencia, hacia un estado de mayor perfección en el mismo. Se trata pues, en términos generales, del paso de un estado de «incompetencia o ignorancia», en un determinado sector, al de competencia en el mismo. Los indicadores de que se está produciendo un cambio son los siguientes:

Cambia de sus conductas variables a otras estables y precisas.

Distingue los aspectos importantes de su aprendizaje, de los que son periféricos, secundarios o hasta extraños a su tema.

Elabora estrategias destinadas a solucionar nuevos problemas que le salen al paso, de una manera cada vez más experta.

El sujeto se transforma lentamente en un experto.

El comportamiento del alumno que realmente aprende, se vuelve cada vez más autosuficiente y autodidacta.

Si observamos en la conducta de un alumno estos cambios que acabamos de acotar, podemos afirmar que el mismo está «aprendiendo», es decir, convirtiéndose en un «experto» en el área de su aprendizaje.

Evaluación como mejora de los resultados del aprendizaje

La evaluación está en función tanto del trabajo del profesor como del alumno. Por lo tanto es tan equivocado el método tradicional en el cual era evaluado sólo el alumno, producto o víctima del mal método de su profesor, nunca evaluado. La evaluación debe estar al servicio de una mejora, tanto de la metodología didáctica y de la capacidad del profesor a enseñar, como del aprendizaje del alumno. La evaluación debe ser un mero control, destinado no a condenar, sino a mejorar el trabajo de profesores y de alumnos y en definitiva a lograr que el aprendizaje sea cada vez más seguro, eficiente y económico. La evaluación se halla pues, totalmente en función de la mejora de la formación. Todo lo demás es erróneo.

 

La didáctica para adultos: estar siempre en «situación de aprendizaje»


Los centros de formación para adultos deben ser, necesariamente, centros diferenciados. Ello implica que no pueden partir de un Curriculum fijo y concebido a priori, como ocurre con las primarias y secundarias. La enseñanza para adultos debe partir necesariamente de las «situaciones de vida» en que se encuentran sus alumnos. La «situación» del alumno, empero, se halla relacionada siempre con su profesión o con una posible profesión. Además, «la orientación» profesional o «la reorientación» de los que se hallan ya en actividad, debe ser considerada cada vez más como una realidad social ineludible, dentro del proceso de evolución socioeconómica acelerado, que caracteriza nuestra época. «A un trabajo que cambia continuamente, debe corresponder un perfeccionamiento continuo».

Este enfoque plantea a las instituciones de educación de adultos, una serie de problemas muy distintos de los que se daban clásicamente.  Porque es sabido que en las instituciones de educación de adultos de corte tradicional, el adulto concurría a «aprender» en primer lugar lo que se le ofrecía, y no directamente lo que él necesitaba aprender. La deserción de los centros de formación para adultos es pues, una lógica consecuencia, pues a la mayoría de los adultos no les queda tiempo sino para aprender lo que su «situación» les exige.

La nueva didáctica del adulto, debe pues partir necesariamente de la consideración de la «situación» específica en que se encuentra el «alumno», que como sabemos es por definición una «persona en situación». Según esto los factores que exigen el cambio de una didáctica para los adultos son determinados por:

La naturaleza de la situación-problema, que impulsa al adulto a recurrir a la formación. La misma puede ser de naturaleza profesional, económica, cultural, social, etc.

La naturaleza del agente que toma a su cargo satisfacer la necesidad del adulto. Tal puede ser la misma organización industrial en la cual él trabaja, o el sindicato, o el Estado.

Una vez que se haya esclarecido el contenido de los dos puntos anteriores, se deberá pasar a determinar la importancia del curso que debe seguir el adulto, su duración, el grado de obligatoriedad, el grado de compromiso exigido al alumno, los problemas didácticos de la preparación del profesor, el método, horarios, etc.

Pero, para la elaboración de una nueva didáctica del adulto, se debe partir del presupuesto de que el adulto, como «alumno», es alguien que trae consigo el caudal de sus conocimientos y de sus experiencias anteriores, y que el mismo puede ser muy valioso como punto de partida y de enriquecimiento de su «situación». Por ello la didáctica del adulto debe ser edificada sobre la base del capital aportado por los alumnos, para recién después, en un segundo momento, conducirlos a lo «nuevo». En esto, el profesor tendrá en cuenta que lo nuevo que él ofrece puede provocar una fuerte resistencia, casi siempre de tipo inconsciente, en sus alumnos, resistencia que él vencerá con habilidad. Para ello, lo más aconsejable es el empleo de una metodología activa.

© Enrique Martínez-Salanova Sánchez

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