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Brad Pitt, Homero, y las ilusiones cinematográficas de doña Purita

 

Publicado en www.aularia.org

Martínez-Salanova Sánchez, E. et al. (2012). Brad Pitt, Homero, y las ilusiones cinematográficas de doña Purita. . Aularia, 1(2). pp: 251-254.

Los dibujos son de Pablo Martínez-Salanova Peralta

© Enrique Martínez-Salanova Sánchez


El puntero de don Honorato/Bibliografía/Lecturas de cine/Glosario de cine


 

 


 

 

¡Vamos a ir al cine!, dijo un día doña Purita en clase, de sopetón, como cuando decía ¡Rosarito, a callar! Doña Purita asistía a cursos de formación por necesidades relacionadas con la adquisición de méritos, puntos, trienios, fama internacional, relaciones públicas y entretenimiento personal. Eso, y que era lectora empedernida, a tenía al día y sabía que el cine era un instrumento imprescindible de cultura. El séptimo arte, si se utilizaba con sensatez, creaba unas posibilidades didácticas inmejorables, estaba recomendado por la superioridad y avalado su uso en clase por sesudas y eruditas investigaciones mundialmente famosas. Su propio colegio, lo incluía todos los años, sin falta, en el proyecto de centro, desde que años atrás, la misma doña Purita, que lo practicaba con éxito, lo incluyó entre sus actividades. Ese año, el proyecto lo firmó como siempre el director, don Carlosmari, y fue enviado para su aprobación a la inspección, que a su vez lo remitió a las más elevadas jerarquías educativas de la región. De todos era sabido que el citado proyecto era copiado año tras otro del realizado el año anterior, del que se cambiaban fechas, calendario escolar y algún otro elemento de escaso interés y que don Carlosmari no estaba enterado del asunto. Inspección daba el visto bueno sin mirar mucho y algún administrativo enviaba de vuelta el vistobueno a su lugar de procedencia, en el cual nadie lo miraba hasta el próximo año, en el que había que redactar uno nuevo.

Aquel año, doña Purita decidió, en un pronto irrefrenable, volver a su alocada juventud. Se tiñó el pelo, releyó a Simone de Beauvoir y, como antaño, dirigió sus ilusiones hacia la didáctica activa, la literatura romántica, jugar al tenis y pasear a la luz de la luna. El primer acto de regresión a la juventud fue sacar a sus alumnos de los muros del colegio, que rompieran esquemas, que disfrutaran del aire puro, que jugaran en el campo y que fueran al cine. Lo había comentado antes con don Honorato, imprescindible ayuda para que llegara a buen puerto tamaña aventura, pues veintiséis irresponsables, mas los veinticuatro de don Honorato, eran excesivos para que aquello resultara bien.

Llevar alumnos al cine, es una peripecia que, quien la ha probado alguna vez, sabe que es para reflexionar con detenimiento. Sobre el particular hay opiniones para todos los gustos. Tal vez es mejor poner un DVD en clase, o en el salón de actos, con el curso solamente o con varias clases, o con todo el colegio, aunque el riesgo de indisciplina es directamente proporcional al número de alumnos reunidos, con las variables de riesgo añadidas de oscurecimiento de sala, irresponsabilidad de otros profesores ¡que te los dejan!, síndrome de anonimato en los comentarios, etc. Sin embargo, eruditos hay, influyentes en las altas esferas, que recomiendan ir al cine en la sala de cine, para acostumbrar a ir al cine, porque el cine como mejor se ve es en el cine, ya que como en el cine en ninguna parte, que si los cines son cultura, que si patatín, que si patatán, que el cine en clase desmerece, que no es igual porque no es lo mismo, además, el cine en celuloide es el no va más, adónde íbamos a parar con el digital, tan espurio, moderno y eso, digital, que devalúa la magia que desde sus inicios tenía el cine en una sala a oscuras, con alumnos inmersos en la refulgente pantalla.

El primer problema no surgió con la elección de la película. Debido a la cantidad innumerable de pasos, requisitos, burocracias y diligencias que es necesario sortear y superar, el procedimiento es necesario iniciarlo meses antes, cuando en las carteleras hay lo que hay, útil o no. Aún así, doña Purita hizo su intento planificador que, como es normal, debió cambiar infinitas veces.

La normativa era clara: primero, pedir autorización al «dire». A doña Purita le pareció que esto era coser y cantar, ya que el «dire», don Carlosmari, era joven, había sido alumno suyo y tenía ideas modernas sobre las actividades escolares. Seguro que le parece «de perlas», se dijo la maestra.

Pues no fue tan fácil, no. Don Carlosmari le puso toda suerte de dificultades, que «para qué», que se lo diera escrito en un proyecto, que por qué no les ponía alguna película en youtube en el ordenador, y se evitaba engorrosas y peligrosas salidas del colegio, y le dio un discursazo sobre los tiempos modernos, el aggiornamento, que el cine era de dos siglos atrás, y que ahora se utilizaban técnicas de nuevos tiempos, que el cine era tan cine en DVD como en una gran sala oscura. Doña Purita apeló al principio de autoridad de los sabios, argumentó con datos, citó fuentes de autores poderosos del momento, le recordó a don Carlosmari, sin chantajes, claro, «mira carlosmari, que cuento a todo el mundo sobre aquella vez que te measte en clase». Don Carlosmari cedió a regañadientes, siempre que diera los consabidos permisos la inspección.

La inspección era más dura de roer. Doña Josefina no fue nunca alumna de doña Purita, estudió en colegio de pago, engreída y sabionda fruto de años de notas espectaculares, de estudios en el extranjero y de su habilidad para hacer incursiones en Internet, recordemos que era llamada «la chata» por lo del chateo y, al parecer, era insobornable, hacía gala de su condición de pelirroja para presumir de espíritu libre y tenaz, y no toleraba contradicciones a sus dictámenes. Cuando recibió la solicitud de don Carlosmari para que los alumnos de doña Purita, acompañados de los de don Honorato acudieran a una sesión cinematográfica, su primera intención fue la de abandonar el proyecto a su suerte, es decir, dejarlo sobra la mesa para que otros papeles, miles de papeles durante miles de años cayeran sobre la solicitud y la olvidaran el paso de los siglos.

Pero no, doña Josefina, ejerció de inspectora y se fue para la escuela a ver qué pasaba: consideraba que doña Purita y don Honorato eran el «homo antecesor», extinguidos o a extinguir, a los que había que soportar mientras duraran, murmuraba, «y aún así, todavía hacen solicitudes para actividades antediluvianas». Y allí llegó, vistosa y ágil, y citó a doña Purita al despacho de don Carlosmari, «inmediatamente», dijo, «que no vengo a perder el tiempo». El director, al ver el panorama tuvo la intención de ponerse de parte de la inspectora pero una mirada de doña Purita «que cuento lo del pis…», le decidió por mirar al techo e intervenir lo estrictamente necesario.

La inspectora decidió. Vale, pues sí, al cine, pero allá películas, bajo la responsabilidad de ustedes, que ya son mayores, (antiguallas, pensó), y me tienen informada de cómo va todo. Les concedo, pensó, a pesar de mis ansias renovadoras, lo que piden, ustedes mismos sufrirán las consecuencias.

Pasaron los días y por fin llegó el permiso escrito. Y doña Purita y don Honorato se pusieron manos a la obra. Lo primero era elegir película y día para volver a concretar la solicitud. De todas las proyectadas en salas comerciales en ese momento, algunas fueron descartadas inmediatamente, por no aptas para menores, no encontrar finalidades educativas o por manías personales.

Don Honorato prefería una película de aventuras, ya que esos días no se proyectaba nada sobre científicos, astrónomos o investigadores, y la de aventuras por lo menos era de unos que salvaban la tierra de una catástrofe, para lo que la ciencia tenía mucho que ver. Doña Purita exigía que estuviera basada en una obra literaria, romántica a ser posible, o del siglo de oro, o de Grecia o Roma, para que los alumnos mamaran los rudimentos de la lengua, la cultura y la civilización occidental.

Cuando ya casi se habían puesto de acuerdo se acordaron de los padres. La que se podía armar si no dieran cabida a los padres, madres más bien, que eran las únicas que iban a las reuniones, en una decisión tan importante. Y citaron una reunión de padres, en la que las madres (y un solo padre), opinaron. Una madre dijo que su religión no permitía el cine, otra que no tenía dinero, otra que debieran ir al cine todas las semanas, otra que el cine le parecía una pérdida de tiempo, que más aritmética y menos espectáculo, que él no había ido nunca al cine ni leído un libro y, sin embargo, había triunfado en la vida (el padre), algunas madres dijeron que bien, que fueran al cine, pero que cuidado con los niños…

Pensaba doña Purita en lo que antes pasaba, cuando era una maestra joven, cualquier cosa que ocurriera, se le pedía al director y ¡hala!, todos de paseo, sin tanta cosa, ni permisos, ni padres que opinan, y niños y niñas iban a luchar a terronazos en el descampado, ahora ni descampado había, y si alguno venía con un ojo morado, agua fría y árnica, y a casa, los padres lo veían tan normal, gajes del oficio de ser niño.

Tras un acuerdo complicado entre las partes, en el que intervinieron varias madres, un padre, los maestros, el conserje y al que aportó alguna insidiosa aportación don Carlosmari, llegó por fin el día de ir al cine. Una película sobre la guerra de Troya, plena de aventuras, que contentaba a don Honorato aunque no fuera de aritmética ni de astronomía, por una parte, y con griegos clásicos y troyanos perdedores, también clásicos, como era el deseo de doña Purita.

Llegar al cine ya fue una aventura digna de mención. La mayoría fue en bandada, imposible fue colocarlos en dos filas, «¡como a parvulitos!», que gritó Maripili, «¡ni hablar!», guiados por los maestros, que arreaban como vaqueros a una manada de búfalos en películas del farwest, Alguno, como Manolín fue con su madre, que no se fió del traslado de la tropa y prefirió ser ella la que, de la mano y a trompicones, lloros y jipíos de Manolín, que deseaba ir con el resto del ganado, lo llevara hasta la sala cinematográfica.

Y entraron, y cada uno se fue a donde quiso, y los maestros intentaron un agrupamiento, y lo lograron tras muchos intentos, a gritos y amenazas, lograron reunir en fila a unos cuantos. Gutiérrez, Mariloli, Mijail, Abdulá y Maripili, fueron rápidamente enfilados por don Honorato mientras doña Purita laceaba con dificultades a Rosarito y Gustavín. Un sufrido empleado del cine, ayudado por la madre de Manolín, pegada a su vástago, intentaba reagrupar al resto. Costó casi media hora reunir a todos y por fin, incluso Ricardito, Fátima y Pepillo, a los que se encontró jugando a griegos y troyanos en las inmediaciones, estuvieron a buen recaudo.

Dentro de la sala, doña Purita amenazó, rogó a los dioses del Olimpo que ayudaran a los maestros como habían echado una mano a Agamenón y a Brad Pitt. No tuvo en cuenta la maestra que los dioses ayudaron también a los troyanos, a Helena y a Héctor, y que los interfectos de la manada, aqueos guiados por sus propios dioses de la infancia, corrieron a sus anchas por el cine, subieron y bajaron, saltaron sobre las butacas, se organizaron el asedio de Troya a su gusto.

Cuando se apagaron las luces, iluminada la pantalla, todo se serenó, Maripili, Rosarito, Agustín, Eduard Wellington, Pepillo, Kumiko y Bogdánov, quedaron pegados a la magia de las imágenes. El resto, se sentó cada uno donde quiso a su modo y manera, todo hay que decirlo, pero quietos, mientras los griegos y troyanos se enzarzaron en batallas sangrientas, los espectadores aullaban cuando alguno de sus protagonistas vencía a otro. Pronto, la mayor parte de la clase tomó parte en la batalla, y se hicieron dos bandos, griegos y troyanos entablaron batalla en el patio de butacas, e imitaron a los de la pantalla,

Los maestros se movieron entre las filas, ahora tocó a ellos recorrer a las huestes, y serenaron los ánimos tras amenazar con el inframundo de Hades, lograron por fin cierta serenidad en las butacas, mientras todos, absortos, veían morir con valentía a sus héroes, amar y odiar, usar triquiñuelas de batalla, vibrantes de emoción cuando los mentirosos griegos se colaron de rodón en Troya dentro de un caballo de madera.

Doña Purita quedó contenta, pues a partir de ahí las clases de literatura griega se convertirían en algo ameno y participativo, ella podría recordar personajes mitológicos y batallas de la antigüedad, y así entrar en Homero, sus obras y sus gestas… Había que olvidar que los griegos y troyanos de la película eran poco creíbles, en vestimenta y aperos, que todos sucedía en dieciséis días, en vez de los casi 10 años de la guerra de Troya de Homero, que el caballo era un tanto surrealista, que los dioses, al contrario que en la obra original brillaban por su ausencia y que desde que muere Brad Pitt, que en esta película se llamaba Aquiles, todo deja de tener interés.

Y todo acabó de mejor forma a como había comenzado. La vuelta al cole se hizo de forma ordenada y, doña Purita dio de nuevo gracias a los dioses del Olimpo y a su preferida, santa Rita de Cascia, patrona de los imposibles, por haberla ayudado. Sin embargo, alguna deidad enemiga estaba en su contra. No podía ser todo tan perfecto.

Al llegar al cole, Rosarito les esperaba de la mano de doña Josefina, la inspectora, en la puerta del colegio. Tal vez Rosarito se despistó cuando fue a comprar palomitas para llevarse a su hamster, o se quedó prendada ante algún escaparate, o…, el caso es que quedó despegada del grupo. Alguien que la vio cuando lloraba a moco tendido, avisó a las autoridades, y un amable policía la acompañó a la inspección. Doña Josefina, con aires triunfales, la tomó de la mano y la llevó victoriosa al colegio. ¿Queríais película? Pues aquí hay un título que se os atragantará: Missing.