VOLVER A «EL PUNTERO DE DON HONORATO»

Jumentos, gorrinos, audiovisuales, sonidos selváticos, fotos y un día inolvidable

Un videojuego real en la granja-escuela

Publicado en www.aularia.org

Los dibujos son de Pablo Martínez-Salanova Peralta

© Enrique Martínez-Salanova Sánchez


El puntero de don Honorato/Bibliografía/Lecturas de cine/Glosario de cine


 

 


Y llegó el día de la excursión a la Granja Escuela. El municipio concedió a toda la escuela el premio de ver vacas, cabras, patos y pollos, como explicó doña Purita a sus alumnos, para que así «pudieran palpar desde una edad temprana la vida natural, y conocieran de esa forma, en vivo y en directo, un pollo, por ejemplo, vivo, en vez de conocerlo solamente cadáver, desplumado, congelado y precocinado». El galardón municipal fue otorgado a la escuela por sus habilidades cinematográficas en pro de la defensa del medio ambiente, y se premió una película que, a criterio del Consistorio, cumplía con los requisitos propuestos de tomar contacto con la naturaleza, valorar su cuidado y dar pistas para su conservación.

Ir a la Granja Escuela «El redil del tío Roberto» S.L:, sin embargo, no fue tarea fácil. Hubo de superarse el interminable tiempo de incertidumbres y burocracias, reticencias de madres y padres, permisos de la inspección, seguro de accidentes y negativas de algunos maestros a arriesgarse en aquella aventura. Algunos progenitores mantenían la idea de que sus hijos eran seres débiles, carentes de toda defensa y no confiaban en que los maestros cuidaran debidamente a retoños ajenos. Siempre había alguna madre que se añadía a las comitivas, con el fin de vigilar si todo se realizaba con corrección y fundamentalmente para que su propio vástago no se desmandase. Una madre, como tal, poseía, de por sí, el derecho adquirido por siglos de autoridad y costumbre, incluso la obligación, a veces, de dar a su niño algún «chirlo», tirón de orejas o directamente un grito o un bofetón, cosa que no hubiera en absoluto tolerado que lo hiciera un maestro.

Doncarlosmari, el director, era siempre el más indeciso, cualidad inherente a su cargo de responsabilidad, decía y se desdecía, recordaba experiencias anteriores que con frecuencia concluyeron en consecuencias para él bastante incómodas. Por ello, en la quietud de su despacho se debatía en la incertidumbre, cambiaba de opinión en fracción de segundos, como si deshojara una margarita virtual: « … no se va, se va», todo son problemas, qué lío organizar una excursión con tales irresponsables, don Honorato, doña Purita, que ya debieran estar jubilados, dinosaurios de otras épocas que se resistían a abandonar la maldita costumbre de meterse en complicaciones propias de gente más joven. Lo malo es que a los antediluvianos se sumaron los más jóvenes, la conserje, otros profes y hasta el guarda de seguridad, que apoyaron desde el comienzo la aventura.

La gerencia de la Granja-Escuela, herederos de Roberto González, «tío Roberto», quería huir como fuera de la idea de visitas tradicionales; es decir, que la visita fuera lo menos parecido a la de un museo, dentro de lo posible. Sin embargo, el mundo está lleno de contradicciones, y la Granja-Escuela era lo más parecido a un museo que se pudiera encontrar, se mire por donde se mire, y como tal trataba didácticamente la situación.

Una educadora de la granja, Maribel, psicóloga, contratada temporal a tiempo parcial, durante el horario escolar, hubo de hacer un acelerado curso de ordeñe de vacunos y un tratamiento de auto hipnosis para perder su cerval miedo a las gallinas. Ella era la que recibía a los niños, los organizaba como un rebaño, por algo estaban en una granja, los tenía en orden y, si hacía falta. les daba cuatro voces para conducirlos por el camino recto. A los maestros se les dio un folleto explicativo del recorrido, inspirado en el del Museo de arte romano de Mérida, salvo que en vez de columnas romanas, mosaicos, bustos y fíbulas, lo visitable eran vacas, gallinas, cerdos, avestruces, otros animales de corral y, como se verá más adelante, algunas atracciones modernas, realizadas con los más recientes adelantos y con adecuadas ilustraciones sobre la razón de aplicar lo último en nuevas tecnologías.

En el fascículo se explicaba con detalles didácticos cómo la Granja Escuela «El redil del tío Roberto», pretendía parecerse lo más posible a un videojuego, en el que se aunaba lo audiovisual, los sobresaltos y la sorpresa, con la aventura vertiginosa. Para comenzar, aunque había vacas, ovejas y cerdos, que no podían faltar en una granja, se había reunido un sinfín de animales exóticos, de los que no se encuentran normalmente en una granja al uso: tres cerdos vietnamitas, dos avestruces, una jaula con periquitos, otra de loros y un terrario con una culebra. En una esquina, un cocodrilo disecado motorizado abría y cerraba sus fauces llenas de colmillos amenazadores a la par que una especie de aullido infrahumano pretendía imitar el conocidísimo y particular grito de los saurios en películas de seres antediluvianos y en algunos parques temáticos.

A pesar de las pretensiones de la gerencia de «El redil del tío Roberto», la visita parecía más bien el tren del terror de las ferias, pensaba don Honorato, pues todo eran sustos repentinos, sobresaltos y ruidos imprevistos. Comenzaba la visita en una sala oscura de tenebrosas cortinas, en la que reunieron a todos; los niños, expectantes, incluso temerosos, oyeron en la oscuridad un guirigay de sonidos de animales, gruñidos, rebuznos, mugidos, berreos y balidos, de los que surgió un audiovisual: pollitos naciendo del huevo al compás y ritmo del Aleluya de Haendel, la música más apropiada sin duda para el nacimiento de pollos de un huevo. Flores que se abrían, abejas en pleno proceso de polinización, caballos salvajes en las verdes praderas de Canadá, salmones en su sufrido salto vital hacia el desove... Cuando los niños estuvieron suficientemente impresionados, confundidos, asustados y aburridos, se abrieron las cortinas y un golpe feroz de luz inundó el ambiente.

Un cambio radical de música, trompetas, clarines y tambores, algo así como si Cleopatra entrara triunfante en Roma, dio paso al siguiente paso del espectáculo. Una vaca de insubstancial mirada esperaba a los niños al mismo tiempo que rumiaba impasible. «¡A ordeñarla, niños!», dijo Maribel emocionada, y la propia Maribel ordeñó a la vaca mientras animaba a los pequeños a ayudarle en la tarea. La mamá de Manolín dijo que su hijo no tocaba a una vaca, «a saber cuántas manos la habrían manoseado antes.»
Y tras el ordeñe de la vaca, aquello no paró un segundo: los niños soportaron un video en tres dimensiones sobre cómo funcionaba una granja en el Antiguo Egipcio y otra en las culturas Mayas; de allí pasaron a un espacio en el que mientras se sucedían miles de fotografías de animales de toda especie y clase, se aturdió a los visitantes con sonidos a todo volumen de gorjeos de aves, relinchos de caballos, barritar de elefantes y aullidos de monos. «Ahora aparece Tarzán», comentó Rosarito a grito pelado para hacerse oír por toda la concurrencia.

Después, y de golpe, se hizo la paz. En el exterior, un sufrido burro esperaba impávido su entrada en escena. Sin comprender (el burro), que su especie se encuentra en peligro de extinción, Maribel le hacía dar un recorrido circular, medido, cada uno con tres niños encima; treinta y seis niños se atrevieron, por lo que el jumento dio doce vuelta al circuito. No subió Manolín, a causa de su madre. «quién se habrá sentado antes en ese burro», dijo. Al finalizar la jornada, el borrico quedó bastante más extinto que cuando la escuela llegó a la granja. Los jinetes, encantados de la vida, no olvidarían nunca el ecuestre momento.

Aquel día se caracterizó por la gran cantidad de vivencias, emociones y anécdotas que guardar en la memoria. El público infantil se murió de risa con el picotazo de avestruz que se llevó Maribel, la instructora, cuando quiso explicarles a los niños que los avestruces tenían mal genio pero que en el fondo eran de fiar si se les trataba con cariño y consideración. Sin embargo, lo que siempre recordaron Maripili, Mijail, Rosarito, Abdulá, Maripili, Ricardito, Gustavín, Mariloli, Akira, Fátima, Pepillo, Gutiérrez, Kumiko, Agustín, Bogdánov (para diferenciarlo del otro Mijail), Eduard Wellington y los demás, fue tocar realmente a un cerdo. Maribel les explicó que era necesario palpar a los animales, tener experiencias táctiles y olfativas, y no solamente visuales, de las que había excesiva proliferación y se podían ver en Youtube.

El animal elegido fue un cerdo. En fila, todos, salvo la inevitable excepción de Manolín, manosearon y olfatearon al gorrino, ya acostumbrado, aceptada estoicamente su suerte por la sesión diaria de tocamientos. Eso sí, en posición de foto, ya que dos fotógrafos, un ujier enviado por el consistorio ad hoc para el acto, y Maribel en nombre de la Granja Escuela se encargaron de plasmar los hechos para la posteridad y para negocios o actividades políticas posteriores, e inmortalizaron cada pose. ¿Quién tiene una foto tocando un cerdo…? Casi nadie, contados con los dedos de la mano… Sin embargo hay quien presume de haberse fotografiado, y lo exponen en marco de plata, con un famoso o famosa, sea presidente de gobierno, futbolista, cantante de flamenco o el mismo papa.

Doncarlosmari prometió, además, en un alarde de generosidad no acostumbrado, un premio para la mejor fotografía realizada con el móvil. Se hicieron cientos de fotos, la mayoría de ellas al avestruz, a los cerdos vietnamitas, y a Maribel, que gustó a la mayoría de los chicos. Abdulah propuso hacer un selfing, con lo que don Honorato y doña Purita estuvieron enseguida de acuerdo; alguien les dio un móvil, todos se juntaron como una piña, le enseñaron a don Honorato en qué lugar era necesario presionar y….. ¡flashhhh!, para la posteridad.

Maripili ya lo comentó a la vuelta. «Quiero volver otro día a la selva».