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Animar el cine, animar la escuela

De cómo los maestros más antiguos, motivados por un maestro joven y dinámico, se arriesgan a animar su trabajo educador mediante la filmación de cuatro cortometrajes en el que hacen moverse cartabones y otros objetos de variopinta procedencia y extracción

Publicado en www.aularia.org

Los dibujos son de Pablo Martínez-Salanova Peralta

© Enrique Martínez-Salanova Sánchez


El puntero de don Honorato/Bibliografía/Lecturas de cine/Glosario de cine


 

 

 

Los hechos que relatados a continuación, aunque parezcan reflejar oníricas fantasías del autor, situaciones creadas por su exuberante imaginación, deseos tal vez insatisfechos desde la infancia, responden a realidades globales, mundiales, universales, cósmicas, de personas con ilusiones de todos los lugares, que se desarrollan casi siempre con muy pocos recursos y siempre con inmenso entusiasmo, no exento en ocasiones de exuberante delirio.

Todo comenzó cuando don Olegario, el joven profesor experto en nuevas tecnologías, TICs para cultos y ahorradores de lenguaje, del que alguna aventura he relatado, volvió eufórico y radiante de un curso en el que le enseñaron, no solamente la importancia que tenía llevar el cine a los colegios y trabajar con él, sino, y sobre todo, que había que hacer cine para aprender a hacerlo, que era necesario expresarse mediante las imágenes y divulgar así ideas y conocimientos. En los cursos de formación recibidos ya habían hecho cine, filmaron paisajes, se disfrazaron, pusieron voz y sonidos a su trabajo, se divirtieron mientras realizaban la película, el montaje y todo el proceso de producción y, finalmente, se vieron en la pantalla tanto sus hechos como sus defectos. Sin embargo, hubo dos escaleras que llevaron a don Olegario, una al Parnaso, que consistió en aprender a hacer cine animado, en el que se movían objetos, botones, recortes, y otro que lo condujo al clímax, que alteró profundamente al joven profesor y le llevó al paroxismo de su inquietud docente: mover figuritas de plastilina y hacer cine con ellas.

Y llegado don Olegario al centro, no pudo reprimirse ni un segundo en comentarlo con quienes, a pesar de su edad, siempre estuvieron dispuestos a meterse en cualquier aventura que, aun a costa de su vida, supusiera una innovación, un cambio, una didáctica nueva con la que ayudar a enriquecer a sus alumnos. A don Honorato y doña Purita nunca les faltaron deseos, y muestra de ello había, de meterse en jardines, a veces con espinas, ya fuera por su propio temperamento enardecido, que les venía en parte por nacimiento y por convencimiento propio como por deseos de rebeldía generacional contra su director, don Carlosmari, mucho más joven que ellos, y «más atrasado», como le gustaba decir a la maestra.

Y doña Purita se transportó a los cielos con la propuesta, y convenció a don Honorato, y se dirigieron ambos hacia el Olimpo, sin mirar a derecha ni izquierda, con la mirada puesta en la idea de don Olegario. Para el joven profesor, lo más significativo que había asimilado fue que era necesario, no solamente aprender a distinguir qué y cómo es una película de animación y cuáles son los pasos a seguir para realizar un film a partir e objetos que se movieran, sino que lo verdaderamente importante era ayudar a los alumnos a ser conscientes del proceso creativo de una obra audiovisual. O sea, que había que hacer animación para aprender a hacer animación, que don Honorato lo refrendó con una sentencia venida desde sus abuelos: «A tocar el violín se aprende tocando el violín».

Y decidieron ahí mismo que en clase harían, en grupos, una película de animación, de objetos de suyo inanimados, de un máximo de cinco minutos. Ya les comentó don Olegario que cinco minutos en animación era una eternidad, pero doña Purita le dijo que a la eternidad no era necesario ponerle puertas ni límites, pues ya no sería una eternidad, y que cada grupo vería, si hacían uno, dos, tres, o cuatro minutos, y que «por probar no se pierde nada, que un minuto es una insignificancia que pasa en un pispás». Y para doña Purita, era dogma de fe lo que decía Sófocles, que «el éxito depende del esfuerzo», y que un minuto más o menos no importaba mucho. Poco sabía doña Purita en aquellos momentos lo que significa un minuto en cine de animación, unas 1440 imágenes, nada más en fotografías, y tras ello, un ingente trabajo de materiales, decorados, tiempo, y sobre todo de paciencia, difícil de exigir a seres en crecimiento, camino de la adolescencia, sus impetuosos alumnos.

Comenzó la aventura, entre acontecimiento admirable y epopeya prodigiosa, desde el inicio, desde que los maestros experimentados se sumaron a don Olegario, ilusionado y animoso, y decidieron iniciar un proceso de filmaciones en el que intentaron no olvidar ningún paso de los que propuso el joven profesor y que respondían a las experiencias vividas en su aprendizaje y en tutoriales buscados durante horas en Internet. Era necesario, como comienzo, montar una sencilla productora, tras ello la dura tarea de dividir los grupos, la no menos quimérica gesta de que cada grupo realizara su guión, el dibujo de un story board y la complicada faena de decidir y preparar los materiales, hacer los decorados, fotografiar paso a paso, stop motion se denomina, montar con un programa especial y finalmente realizar el montaje, la sonorización, algún efecto especial, complementar los sonidos, voces y música, y, finalmente, la presentación ante el público y, como colofón, punto culminante, «fastigium» le llamó don Honorato un tanto nervioso, subirlo a las redes y promover su reconocimiento universal. Y lo podemos enviar a algún festival de cine, apostilló don Olegario.

El hecho de montar una productora se hizo por decreto. Lo solucionaron los maestros de un plumazo, dijeron a la clase que había que hacer una película, «¿Otra?, ¡Jo, que aburrimiento!», dijo Rosarito. Doña Purita siguió como si no hubiera oído el comentario y explicó que todo se haría en grupos, como siempre, que no querían escaqueos, como siempre, y que esta vez de mamás y papás opinando, nada. Les dijeron que para evitar problemas, los grupos serían iguales que la última vez, los que organizaron cuando rodaron la guerra de Troya y que, como mucho, podrían cambiar el nombre a cada equipo. A la intervención de Rosarito de que la actuación de los maestros era antidemocrática, doña Purita le contestó un «¡tú te callas y punto!», que acabó rápidamente con el intento de rebelión.

Montar los estudios ya fue más peliagudo, cada grupo debía construir un set de rodaje, sin interferencias de otros grupos, como les pasó cuando filmaron la guerra de Troya cuando, al contrario que en otras guerras, cada quien se peleaba o se aliaba con todos los demás y al final no se sabía quién luchó contra quien, e incluso tras ver el resultado final de la película, se tuvieron dudas sobre quién ganó realmente la guerra de Troya. Aquí, don Honorato lo dejó claro: «¡De guerras nada!» y añadió: «¡Cada mochuelo a su olivo!»

Lo que se pretendía esta vez es hacer una película mediante el sistema de stop motion que, según don Olegario, era lo mejor, lo más práctico, que se divertirían mucho y que, además para profundizar en el cine y trabajar en equipo, lo más idóneo.

Pero debemos explicar brevemente a los lectores qué es esto del stop motion, o paso de manivela, como le llamaron los pioneros. En forma genérica se puede definir como el mecanismo para dar movimiento a objetos inmóviles, o que no tienen movimiento propio. Los antiguos cineastas lo hacían de forma mecánica, parando de filmar, pasando la manivela de la cámara poco a poco, de ahí el nombre. Hoy las nuevas tecnologías permiten otros sistemas, se construye el movimiento foto a foto, moviendo los objetos con las propias manos, fotografía, zas, moviendo otro poquito, fotografía, zas, y así todo el tiempo... y se puede trabajar con innumerables materiales, plastilina, arena, recortes de papel, tizas sobre suelos y muros, dibujos en pizarra o en papel, figuras articuladas, marionetas, siluetas, e infinidad de objetos inanimados con el único límite que tiene la imaginación de los autores y el dominio de las respectivas técnicas.

La productora, y en su nombre don Olegario, dio a los grupos cuatro opciones en cuanto a materiales a utilizar, y cada grupo debía, primero por elección, y si el sistema no daba resultado, por sorteo, elegir entre «botones y objetos de costura», «cartulinas recortadas de colores», «plastilina», u «objetos de la clase». A pesar de que Abdulah y Rosarito propusieron hacerlo con objetos encontrados en la calle, piedras, cristales, papeles, bolsas de plástico, con el fin de «enviar al mundo un mensaje ecológico», que dijo Abdulah, don Olegario, por temor a encontrar entre los objetos algo inesperado, de mal olor, detritus de can, o algo peor, un banco de la plaza se trajeron la última vez que les pidieron algo de la calle, fue inflexible: «Esto es lo que hay», conminó, «de objetos callejeros, nada».

Y así comenzó la siguiente fase del proceso. Elegir los objetos a mover y hacer el guión de la película. El grupo de Maripili eligió sin que nadie se opusiera, trabajar con los útiles de la clase, con un título original y llamativo, «Los amores de una escuadra y un cartabón», una especie de Romeo y Julieta pero con compás, gomas de borrar, lápices, rotuladores y por supuesto, la escuadra que era Julieta y el cartabón que era Romeo. El grupo, no sin ciertas reticencias a lo de los amores del quicuecento, de Manolín, que se tenía por jefe, hizo vales su liderazgo al bautizar al grupo con nuevo nombre, «Los del Sexpir»; lo formaban Manolín, la propia Maripili, Eduard Wellington, Gutierrez, Abdulah y Akira que, como siempre, al ser japonés y nacer como el niño del anuncio, con una cámara de fotos bajo el brazo, se encargó de la fotografía. Doña Purita se hizo cargo de que todo fuera bien y sin excesivos problemas. Aún así se tomó antes un par de tilas.

Trabajar con plastilina lo solicitaron a gritos los otros tres grupos, lo que exigió sorteo, cuya narración, aún sin entrar en muchos detalles, se llevaría un relato completo. Se lo adjudicó el grupo de Agustín, con un tema mitológico y original, entre el santoral católico y las hazañas de gesta: «una bella joven campesina raptada por un dragón y salvada por un caballero», bueno, lo de san Jorge, pero en plastilina de colores. Decidieron que lo más importante de todo, es que el decorado fuera un castillo. A Agustín lo acompañaban en el grupo Mariloli, Rafa, Igor, y el hermano mellizo de Igor, Alexi, que hacía las fotos. Del grupo se hizo cargo don Olegario, junto a Jacinto, el guardia de seguridad.

Al grupo de Ricardito, Gustavín, Arturo, Maricarmen y Mijaíl, los que ayudaba Matilde, la amable sobrina de doña Purita, y Arsenio del personal de limpieza, les tocó hacer la película con botones y objetos de costura. Matilde bordaba que es un primor, y les entusiasmó con la idea de que podrían hacer una animación en la que agujas, dedales, hilos y tela, bordaran en cañamazo, cañamazo Penélope, por más señas, lo que les llevó otra vez a la guerra de Troya, y bordar así, en punto grueso, una figura que iría creciendo a medida que la película fuera avanzando. Elegir la figura fue otra aventura, pues había criterios para todos los gustos y voces con intereses diferentes, «¡bordamos a Batman!», «No, yo quiero a Blancanieves y los siete enanitos».

Demasiados enanitos parecieron a Matilde, que puso término perentorio a la discusión. Matilde, afable y de buenas maneras en su ser natural ese día hubo de ponerse firme: «¡Una mariposa y una flor!. Todo muy sencillo y con lana gruesa, para que no sucediera como con Penélope, que se eternizó la cosa». A partir de ahí fueron acallándose los murmullos, no sin oírse otra vez entre susurros lo de «¡aquí no hay democracia!», «¡iremos al sindicato!», y cosas parecidas aunque sin llegar la sangre a río.

Del film en el que animarían cartulinas recortadas de colores se hizo cargo el grupo de Rosarito, Mijail Bodganov, Fátima, Paquita la conserje y don Prudencio, el profesor mayor, que se convirtió en asesor en la difícil tarea de filmar en movimiento, Se barajaron varios temas, hubo discusiones, pellizcos y tirones de pelo, pero esta vez Rosarito zanjó el tema: «Una salida de sol, nubes, lluvia, arco iris, puesta de sol, salen la luna y las estrellas... y ya está. De lo más romántico.».

Y cada grupo montó sus propio estudio, en cuatro esquinas diferentes del salón de actos, ayudados por los profesores y el personal voluntario de la escuela, y así confeccionaron los decorados y la parafernalia necesaria. El castillo de Agustín, un prodigio de arquitectura de playmóvil, entre ramas secas del patio y musgo, como en los belenes; Maripili y su grupo montaron un escenario con una pizarra de fondo, para que se movieran sobre ella los cartabones, gomas y sacapuntas; una gran caja de costura fue el plató del grupo de Ricardito y para las cartulinas de colores de Rosarito y su grupo, qué mejor que un jardín lleno de flores de plástico y de fondo, montañas para que salieran el sol, la luna y las estrellas.

Y la fabricación de los decorados, los artefactos, los complementos, dieron lugar a toda una suerte de acontecimientos, incidencias y aventuras que, aunque no pasen a los libros, sí quedaron en la memoria de todos los que participaron en aquella prodigiosa peripecia, que podrían contar en tertulias durante el resto de sus vidas y proponerse como ejemplo para hijos y nietos. Lo dicho, cada grupo preparó su cámara de fotos, su trípode, la iluminación suficiente y así, cada uno sobre una mesa que sirvió de plató, iniciaron la aventura de realizar una filmación histórica.

Y unos hicieron sus muñecos de plastilina, los vistieron y pintaron, otros recortaron, o buscaron sus objetos que iban a moverse, y fotografiaron, y movieron los objetos y las figuras, y más fotografías, un disparo por cada movimiento, mueve un poquito, nuevo disparo, una sucesión de imágenes con ligeras variaciones para dar la sensación de movimiento, como explicaba don Olegario, despendolado viajero de grupo en grupo, unas 17 fotos darían para un segundo de filmación, y mueve figura de plastilina, o cartulina, o cartabón, un poquito, zas, y otro poquito, zas, con mucho cuidado y delicadeza, sin pelearse, no mover de más ni de menos, se necesita mucho tiempo y cuidado para tomar todas las imágenes necesarias y que el resultado fuera el mejor posible. Y pasaron días, que a doña Purita parecieron siglos, y pidió a don Olegario que los niños, niñas, y ella misma, fueran viendo los resultados de vez en cuando, cada hora, por ejemplo, así se animaban todos y se calmaban un tanto los nervios.

Y las fotografías paso a paso se convirtieron, por obra de un programa informático, en movimiento, y nacieron así unas divertidas historias, a las que más tarde se añadieron sonidos, música, letreros, para llegar a un resultado final que colmó todas las expectativas, de pequeños y mayores, y se produjo un maravilloso resultado final, un proceso cinematográfico completo.

Y de allí salieron felices, y enseñaron la peli a sus familiares, y la enviaron a parientes, tíos, amigos y abuelos, y don Olegario la colgó en la red, y la envío a varios festivales de cine para niños y no tan niños, donde se ganaron varias menciones y algún premio, que animó a don Olegario a seguir con la maravillosa actividad de hacer cine de animación. Y todos fueron muy felices.