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Fecha: 24/11/2001
Hora: 7:52:15
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Resulta complejo sostener una respuesta categórica a esta cuestión. La dificultad estriba, a mi modo de ver, en el carácter inédito que tienen los escenarios virtuales como nuevos espacios para enseñar y aprender.
En el alba de cualquier tecnología las previsiones y predicciones que se hacen de su repercusión en la sociedad no suelen coincidir exactamente con lo que luego ocurre en la realidad cuando el uso de esa tecnología se generaliza en la población (en el caso de la televisión, por ejemplo, los periódicos USA de la época declaraban anatema aquel invento y pronosticaban sesudamente que los norteamericanos no serían capaces de pasar más de media hora delante de la pantalla, elemento extraño que había venido a perturbar la paz y la armonía hogareña).
Aparte de esta imprevisión que toma forma de constante histórica, hay otros aspectos que me gustaría resaltar y poner sobre el tapete virtual de este foro de debate telemático:
Primero: Hay que tener en cuenta, y esto lo tomamos como una posible limitación, el carácter inmovilista de la idiosincrasia docente. Y en esto, no sabemos quién es quién, es decir, si es la institución escolar la que se niega al cambio o son los propios docentes los reacios a buscar y experimentar escenarios alternativos a la educación tradicional (y entendiendo «tradicional» en su sentido en su sentido más peyorativo).
Segundo: Debido a ese conformismo con la herencia pedagógica, la incorporación de los medios y las nuevas tecnologías a la enseñanza se ha hecho con un ritmo desesperadamente lento. Hay una ley no escrita que nos dice que cualquier aplicación tecnológica tarda un promedio de treinta o cuarenta años de generalizar su uso en las aulas. Y cuando eso ocurre, la presencia de la tecnología nos coge casi de sorpresa en el sentido de que la reflexión pedagógica es siempre muy posterior al uso didáctico de los medios y las nuevas tecnologías: así ocurrió con la radio, la prensa y la televisión en el contexto de la cultura de masas a partir de la década de 1960 o con el vídeo y el cine posteriormente y está ocurriendo en la actualidad con Internet.
Tercero: Ninguna de las tecnologías que aplicamos en la educación se ideó específicamente para ese ámbito. Utilizamos excedentes de electrodomésticos y cachivaches electrónicos movidos quizás por una presión consumista pero casi nunca nos planteamos las bondades pedagógicas intrínsecas de las nuevas tecnologías (y de aquellas que ya no son tan nuevas).
Hechas estas consideraciones y ateniéndonos a mi primera argumentación (la indefinición que presenta cualquier prospectiva tecnológica en un contexto educativo) quisiera señalar un posible riesgo-limitación: si como está ocurriendo hasta ahora la gran mayoría de experiencias on line lo único que aportan es un cambio de canal y no de estrategia didáctica, es muy probable que los intentos por ofrecer alternativas a la enseñanza presencial fracasen. Así ocurrió con la televisión educativa y con otros proyectos de enseñanza con medios y para los medios. Con esto quiero señalar la importancia sustantiva que tiene el diseño del proceso instructivo y la secuencia de opciones que quedaría por resolver: ¿cómo se van a plantear las estrategias de enseñanza y aprendizaje?, ¿con qué recursos se contará, cómo se van a elaborar los materiales y recursos didácticos on line?, ¿cuáles serán los mecanismos para motivar al profesorado?, ¿qué sistema de tutorización será el más adecuado?... Cualquiera de esos factores puede echar por tierra las expectativas de un proceso formativo on line.
La literatura científica sobre el tema (ésta es otra limitación) nos confirma que Internet se ve generalmente por parte del profesorado como un recurso didáctico y no como un nuevo espacio virtual donde es posible poner en práctica nuevas formas de enseñar y aprender como decía al principio.
Ahora bien, y para terminar esta intervención, como posibilidades, las redes telemáticas las tienen TODAS. Una aplicación tecnológica que es capaz de romper la dictadura del espacio euclidiano y la dictadura inexorable del tiempo, debe albergar en su seno bondades pedagógicas aún por descubrir: eso de poder aprender en cualquier lugar y en cualquier tiempo y teniendo acceso a un caudal casi inagotable de información parece la promesa que sea capaz de convertir la sociedad de la información en la sociedad del aprendizaje.