Miguel Ángel Márquez

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¡Y hay tantas historias que contar, demasiadas, tal exceso de vidas acontecimientos milagros lugares rumores entrelazados, una mescolanza tan densa de lo improbable y lo mundano! He sido un devorador de vidas y, para conocerme, solo para conocer la mía, tendréis que devorar también todo el resto.
                                                                   (S. Rushdie, Hijos de la media noche)

Inés y Catalina vivieron en un tiempo recio, donde el amor resultaba peligroso y quien elegía la libertad de amar sabía que ponía su vida en juego: «…sean sacadas caballeras en dos bestias menores de albarda, desnudas de la cintura para arriba, atados los pies y las manos a la garganta con soga de esparto y se les dé garrote a las dichas hasta que mueran naturalmente, y luego mandamos que sean quemadas en una hoguera».
Como esas películas que aspiran a encarecer su propio valor asegurando que están basadas en hechos reales, también podemos asegurar que estas dos mujeres existieron en verdad, que su amor fue perseguido por el Santo Oficio y que conservamos la noticia de los procesos que se abrieron contra ellas; aunque eso acaso sea lo de menos, porque la verdadera literatura no precisa de la realidad y crea por sí misma otro mundo para que los lectores puedan vivir en él. Es lo que ha hecho Miguel Ángel Márquez en su novela, reconstruyendo un entorno de sentimientos femeninos y no de una manera abstracta, sino poblándolo de detalles, colores, sabores, texturas y palabras de otro tiempo, que nos permiten vivir de cerca la vida de estas dos mujeres, tal como pudo ser. En una voltereta sorprendente, la ficción les otorga, a través de los siglos, la posibilidad de afirmarse en lo que fueron, en su condición de mujeres, pero no de flacas mujeres ("Prólogo", Luis Gómez Canseco).

Hay tantas historias que contar

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