“Los faluchos, galgos de la mar»
Comenzaron a surcar la ría y costa de Huelva a partir del siglo XIX. Este barco era heredero de los míticos jabeques medievales, tenía reminiscencias árabes y latinas. Si bien la actividad primordial de estos veleros era la pesca, también transportaban otras mercancías como vinos, productos agrícolas diversos, entre otros.
Las aguas de nuestra ría, desde tiempos inmemoriales, fueron surcadas por las embarcaciones que zarpaban de Huelva, ciudad cuya tradición marinera es antiquísima ya que comienza con el inicio mismo de su vida como población relacionada con el mar.
Si bien los faluchos comenzaron a surcar la ría y costa de Huelva mucho antes, se puede decir que fue a partir del siglo XIX cuando los registros marítimos de la capital, promovidos por una serie de circunstancias favorables, alcanzaron sus máximos, tanto en número de barcos como en tonelaje de los mismos. No obstante, hay que advertir que el buque primordial para el transporte de mineral fue el vapor.
La embarcación típica para otros transportes de la matrícula albiazul era el falucho – que envergaba una vela a popa-, con determinadas características con respecto a sus predecesores de siglos anteriores, que lo hacía apto para navegar tanto por el mar como por la ría.
El falucho era un barco de velas latinas cuya eslora oscilaba entre los quince y diecinueve metros, aparejado con dos palos, el mayor y la mesana, el primero un poco inclinado hacia proa y, en la mayoría de las ocasiones, llevaba un botalón para montar el foque. Algunos especialistas opinan que se trata de la evolución del jabeque, para otros de la polacra y los hay que mantienen la postura de que procede de la carabela latina. Alberto Casas, hombre muy estudioso del devenir de las embarcaciones de vela, lo considera un súper laúd.
Este barco, que como hemos apuntado era heredero de los míticos jabeques medievales, tenía reminiscencias árabes y latinas, era de mediano calado, muy marinero en sus maniobras y todo lo rápido que le permitía la gran área de su vela.
Su tripulación no era muy numerosa. Normalmente la formaban un patrón de pesca, que realizaba labor de capitán y sobrecargo, y que en muchas ocasiones era el dueño de la embarcación, y siete u ocho marineros.
Las maniobras en el mar, dirigidas por el capitán, las realizaban los marineros. Las guardias de timón era misión de todos los miembros de la tripulación, que se turnaban un determinado número de horas de guardia.
Dado el poco fondo que la ría tenía en determinados sitios, el patrón tenía la obligación de conocer la mayor o menor del punto en que se navegaba, como si se tratase de la mismísima palma de su mano, para evitar que su barco varara
Si bien la actividad primordial de estos veleros era la pesca, también transportaban otras mercancías (vinos, productos agrícolas diversos, etc.). Curiosamente, el mobiliario de los numerosos cafés cantantes que se abrieron en la ciudad, las palmeras que, en gran número, empezaron a llegar del Levante español y diversos árboles procedentes de otras zonas y hasta el primer coche de motor que tuvo matrícula de Huelva vinieron en este tipo de embarcaciones.
El auge que tuvieron los faluchos durante la segunda mitad del siglo XIX y primera década del siglo XX, fue progresivamente disminuyendo, a medida que se implantaban los barcos a vapor y medios más rápidos de comunicación y transporte: el ferrocarril.
De la extensísima galería de faluchos vamos a sacar algunos de Huelva y otros llegados de otros lares, todos cubiertos por una leve capa de olvido:
José Márquez fue notable carpintero de ribera. En 1790 le construyó un falucho, para dedicarlo a la pesca, a Diego Gómez “El menor”.
En 1792 sale de su varadero “un falucho místico de 27 codos de largo y 600 quintales de carga, construido con buenas maderas, las que serán a satisfacer del patrón Calixto Cavallero (¡), siendo del cargo de Ambrosio toda la clavazón y del maestro Antonio Díaz, su constructor”. Poco después construye el famoso jabeque “San Rafael” (alias) “El Diamante”.
No únicamente se construían barcos en los astilleros onubenses, sino que, en ocasiones, aunque no creemos que muchas y sí que, debido a determinadas circunstancias, se reparaban embarcaciones de otras matrículas.
También transportaban pasajeros, con los cuales las autoridades del puerto de llegada llevaban un control exhaustivo de estas personas embarcadas en determinado puerto y que tenían que acreditar hallarse con todas las seguridades somáticas o higiénicas.”