En la foto, Juan Ramón Jiménez (derecha) aparece junto a Joaquín Sorolla (centro) en un lugar emblemático como es el muelle de La Rábida (Palos de la Frontera, Huelva), acompañados por Tomás Murillo (izquierda), discípulo del pintor valenciano.
El tema del mar va a estar presente desde el principio en la obra poética de Juan Ramón Jiménez (Moguer, 1881- San Juan de Puerto Rico, 1958). Espacio de recreación que comparte con Sorolla, cuya pintura reflejará los tonos del Mediterráneo natal y los del Atlántico, durante sus estancias en la provincia de Huelva.
Ya desde sus primeros poemas, el futuro premio nobel de literatura lo aborda, de una forma clásica, concibiendo el mar como un lugar de peligro y de muerte. Será en su viaje a Nueva York, para casarse con Zenobia Camprubí, cuando el océano va a adquirir para Juan Ramón un sentido casi místico. Durante la travesía por el Atlántico escribirá la obra Diario de un poeta recién casado, también conocida como Diario de un poeta y el mar (1917).
En los primeros poemas del libro, el mar aparece como un lugar extraño y espantoso, ante cuya inmensidad el escritor moguereño se siente pequeño e insignificante. El poema CLXIII lo personifica como un monstruo que se burla de él «Por doquiera/ asoma y nos espanta; a cada instante/ se hace el mar casi humano para odiarme; Le soy desconocido».
Sin embargo, esta concepción se va transformando y en la parte final el yo poético se siente en una unión mística con el mar que simboliza el Universo:
“Por doquiera que mi alma
navega, o anda, o vuela, todo, todo
es suyo. ¡Qué tranquila
en todas partes, siempre,
ahora en la proa alta
que abre en dos platas el azul profundo,
bajando al fondo o ascendiendo al cielo! “
Juan Ramón va a considerar este libro como el mejor que hizo en su vida, aunque recibiera el premio Nobel por Platero y yo .El mar volverá a aparecer en Animal de fondo (1948) escrito esta vez en una travesía hacia Argentina. En este libro, el mar evoca sentimientos jubilosos, pues en él, el yo poético encuentra a dios, que no es otra cosa que su conciencia extasiada ante la belleza de este mundo:
“No sólo estás entre los hombres,
dios deseado; estás aquí también en este mar
(desierto más que nunca de hombres)
esperando su paso natural, mi paso,
porque el mar es, tan olvidado,
mundo nuestro de agua”