«Me llamo barro aunque Miguel me llame…»

24. marzo 2017 | Por | Categoria: Destacado, Hablamos de...

“…España, piedra estoica que se abrió en dos pedazos de dolor y de piedra profunda para darme: no me separarán de tus altas entrañas, madre.”

 Miguel Hernández Gilabert nace en la ciudad alicantina de Orihuela en torno a 1910, en el seno de una familia modesta. A la edad de 14 años, el que más tarde se convertiría en uno de los poetas y dramaturgos más destacados de España durante el siglo XX,  abandona el Colegio Santo Domingo para ayudar a su padre en las labores del pastoreo. Miguel, supo combinar sus obligaciones en  el negocio familiar con su pasión hacia la literatura gracias a la biblioteca privada de su amigo y vecino don Luis Almarcha. Sin duda alguna, estas vicisitudes no lograron truncar los sueños del poeta, el que inicia una impecable carrera poética a la temprana edad de 16 años. Josefina Manresa, fue su primera novia y más tarde su esposa, la mujer a la que conoció en 1934 y a la que sólo osó dirigirse varios meses después. A esta modista de Jaén, Hernández le escribe sus poemas de iniciación, ‘Satélite de ti / no hago otra cosa sino es labor de recordarte’

Sin embargo, para entender su carrera poética, no podríamos pasar por alto que Miguel Hernández, no fue solo poeta, sino también soldado. Al comienzo de la Guerra Civil en España, el poeta colabora  en el V Regimiento y ofrece su apoyo a los soldados que han sido destinados a permanecer en el frente, escribe poemas y colabora en diferentes revistas, algo que al final de  la Guerra, en el 39, lo conduce irremediablemente  a la cárcel. Miguel Hernández acaba muriendo el 28 de Marzo de 1942 a la temprana edad de 31 años a causa de la tuberculosis.

Justo ahora, en la celebración del 75 aniversario de su muerte, hemos querido recordar al gran poeta español, que a pesar de su breve vida, cuenta con una amplia producción literaria. Su faceta como dramaturgo, ensayista, periodista, escritor de prosa o de literatura infantil es incuestionable. En esta última, el autor de “Dos cuentos para Manolillo” nos cautivó con el más maravilloso y mágico de los cuentos, que el poeta regala a su hijo desde la cárcel, donde a la altura de un sublime Cervantes y su Don Quijote o del autor anónimo de Las mil y  una noches, trata de explicar a su hijo el verdadero significado de la libertad.

Dos cuentos para Manolillo (Para cuando sepa leer)No obstante, es incuestionable que su maestría literaria quedaría demostrada en el terreno de la poesía. A este genio, al cual le debemos obras como su primer poemario Perito en Lunas, (1933), El rayo que no cesa, (1936), Viento del pueblo. Poesía en la guerra, (1937) o El hombre acecha, (1939) quisiera recordarle hoy a través de su último e inacabado poemario, Cancionero y romancero de ausencias, (1938-1941),  escrito desde la prisión y publicada de forma póstuma. Con esta obra, el oriolano, alcanza su madurez poética. El autor, demuestra su maestría a través de la contención verbal, técnica que no le hace perder poder en la palabra. Miguel, mezcla biografía y autobiografía en una obra que no tuvieron conclusión ni orden definitivo pero que expresan sin igual las ausencias, las marcas de lo vivido, la traumática muerte de su primer hijo, e incluso el último hálito de esperanza ante un destino irrevocable. Muchos de estos maravillosos poemas fueron motivo de inspiración para algunos autores musicales quienes han utilizado sus versos como letra de su canciones como Joan Manuel Serrat o Alberto Cortez.

A continuación, les dejo con uno de los poemas insertos en este libro, Nanas de cebolla, inspirado en la confesión que su mujer hace al poeta de que ella también pasa hambre. Josefina, para combatirlo, suele comer habitualmente sopas de cebolla. Este hecho, da lugar a los bellos versos que Miguel Hernández dedica a su hijo, inundados de ternura, belleza, amor y esperanza.

 

«La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.»

 

«Recordar a Miguel Hernández que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor. Pocos poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra. No tenía Miguel la luz cenital del Sur como los poetas rectilíneos de Andalucía sino una luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de panal despertando. Con esta materia dura como el oro, viva como la sangre, trazó su poesía duradera. ¡Y éste fue el hombre que aquel momento de España desterró a la sombra! ¡Nos toca ahora y siempre sacarlo de su cárcel mortal, iluminarlo con su valentía y su martirio, enseñarlo como ejemplo de corazón purísimo! ¡Darle la luz! ¡Dársela a golpes de recuerdo, a paletadas de claridad que lo revelen, arcángel de una gloria terrestre que cayó en la noche armado con la espada de la luz!» Pablo Neruda

 

Entrada realizada por María Dolores Gómez Aquino, alumna colaboradora en prácticas en la Biblioteca Universitaria de Huelva.

Bibliografía de Miguel Hernandez en la BUH

 

 

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2 Comments to “«Me llamo barro aunque Miguel me llame…»”

  1. Angeles dice:

    Muchas gracias por esta entrada tan completa sobre Miguel Hernández.

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